Aunque Reyna tuvo que aceptar su nueva vida con un hombre que parecía ser bueno y se rumoraba, gay, su corazón seguía latiendo cuando veía a Euscario, un joven que le gustaba, pero quien, al verla casada hizo su propia familia, tuvo hijos. La vida dio muchas vueltas y en un pueblo tan pequeño, se convirtieron en compadres. Tal vez pasó una década, la vida siguió. Muchos misterios son los que rondan su encuentro, algunos dicen que Antonio le vendió a Euscario a su Reyna, pero en algún momento, encontraron los tiempos y los espacios para verse y acercarse y a puerta cerrada “enmendar” cuerpo a cuerpo y palabra con palabra, su separación por un robo.
Reyna desafió la norma, la moral, las costumbres. Se veía a escondidas con Euscario, tal vez en las parcelas, lejos de las miradas, pero su escondite fue descubierto. Su espacio y tiempo, privado y prohibido, fue profanado por la mirada de varios, la verdad salió a la luz y entonces el castigo: ambos fueron apedreados, como si fueran tiempos bíblicos, perseguidos con piedras por las calles de aquel pequeño rancho. Los jóvenes amantes o amigos o novios o confidentes o compadres, decidieron dejar todo e irse a la Ciudad de México. Reyna, seguramente ilusionada o apenada o expulsada de su reino, pero al fin de cuentas liberada de ese matrimonio que fue contra su voluntad, decidió estar por gusto o por amor o por rebeldía con el hombre que quería.
Cuando Reyna decidió dejar su pueblo, esa decisión le costó el rompimiento con su familia, con sus hermanos, con sus vecinos, esa decisión le costó el nombramiento de mujer traicionera y libertina. No pasó lo mismo con su hermano, que había dejado a varias mujeres con hijos a su suerte, sin hacerse responsable de los frutos de sus amoríos. A él nadie lo apedreó, a él nadie le dio la espalda, a él nadie le dejó de hablar. Él seguía siendo el alma de la fiesta, pudo con toda libertad rehacer su vida, casarse y tener 4 hijos más.
En la ciudad, lejos de las parcelas, Reyna se fue vivir con su amado Euscario allá por el Ajusco, donde él era vigilante, pero allá, lejos de su familia, de su pueblo, de sus hermanas, a puerta cerrada, en ese espacio y tiempo que sería la libertad y el amor, Euscario, aquel hombre que era su más grande amor, su rey, o más grande escape, le pegó hasta el cansancio. Ese espacio y tiempo que esperaba fuera de amor, un idilio como le dice Willy Colón, se convirtió en un espacio de golpes, de moretones, a puerta cerrada y sin su familia, Euscario se quitó la máscara, la corona y se puso la de luchador-golpeador.
Pero Reyna no tenía a quién contárselo, porque ya no tenía familia, porque a las mujeres de su familia les prohibían hablarle. A veces, a escondidas, visitaba a una hermana en Ciudad Neza, quien vivía en condiciones de pobreza extrema, con diez hijos.
Reyna no tuvo hijas ni hijos, ni con Antonio ni con Euscario. Reyna estaba sola y Euscario estaba loco. La amenazaba, la golpeaba, la humillaba. La cara de Reyna siempre morada y el corazón roto. Su vida detrás de la puerta, era de golpe tras golpe. Así pasaron los años y ella no tenía fuerza o ganas o apoyo para dejarlo. Fueron muchos los testigos que vieron el cuadro, pero las mujeres por miedo y los hombres por la deshonra, no hicieron nada. Alguna vez, sus sobrinos, intercedieron por ella. Euscario la iba a matar con un cuchillo y sus dos sobrinos lo detuvieron.
Pero luego, ella estaba a solas con él, pero luego, Euscario tendría el espacio para pegarle más, el idilio agrio y desabrido, el idilio de soledad. Un día ella estaba bien, al otro día murió. La Reyna se fue, su corona cayó, desde el día que la secuestraron a los 13 años.
Sus vecinas dicen que estaba bien, se veía bien, pero su cuerpo estaba lleno de moretones, de golpes viejos y nuevos, acumulados unos sobre otros, golpes amontonados en ese cuerpo de 55 años. Unos días antes, Euscario la golpeó a puño cerrado, en una escena que suponemos agria, porque ella no le pudo contar a nadie, porque estaba sola en ese espacio y tiempo. Pero no hubo autopsia, no hubo investigación, no hubo familiares para preguntar qué había pasado, y Euscario escapó. Suposiciones, meras suposiciones, pero Euscario se escondió, desapareció. No fue al velorio de su reina.
Seguramente su hermana lloró. Seguramente algunos de sus sobrinos lloraron, los mismos que alguna vez se enfrentaron a Euscario para quitarle el cuchillo. Y Reyna fue enterrada y con ella su historia y hoy 40 años después, nos preguntamos qué le pasó a Reyna.
Basado en hechos reales.