Lupita presentía que algo extraño iba a suceder, su esposo veía fijamente el reloj de pared sin siquiera parpadear. El tic-tac llenaba el espacio, se intensificaba con el silencio que invadía la sala. Repentinamente Paco se paró y se dirigió hacia ella. Dándole una palmada en la espalda le dijo de forma serena, “Ya me voy, que te vaya bien en la vida”, “a ti también”, le respondió Lupita, quien sabiendo que esa despedida era más que un simple adiós, se asomó por la ventana para ver por última vez al hombre con el que vivió dos décadas.
De eso ya hace año y medio, desde entonces Guadalupe Amado Rodríguez ha tenido que buscar la forma de ganar dinero para cubrir los gastos de la casa. Sin hijos, con sesenta y tres años de edad y con la dificultad de encontrar un trabajo, se le ocurrió la idea de vender tortas en los comercios aledaños a su hogar. “Yo soy una persona muy animosa, a mi cualquier cosa no me quiebra, de momento sí, pero luego digo, Dios está conmigo y yo voy a salir adelante” Una filosofía que utilizó para juntar cien pesos e iniciar su negocio.
Todos los miércoles una pequeña mujer que no llega al metro cincuenta de estatura, baja desde la entrada de su casa las escaleras que dan hacia la calle. En las manos lleva un carro de mandado que carga peldaño a peldaño con gran dificultad. El cansancio se deja entrever en su rostro redondo y rosado, sus pequeños ojos verdes oscuros se abren y cierran en cada esfuerzo que hace. Una vez abajo, la mujer de más de ochenta kilos se limpia el sudor de la frente y acomoda su ropa en señal de que está lista para iniciar el recorrido. Su andar gracioso contrasta con la elegancia de su ropa, una falda de vestir gris, medias claras y una camisa azul combinada con los aretes, la distinguen de la competencia.
Las nueve de la mañana es la hora indicada para salir, porque Lupita sabe que a esa hora la mayoría de los negocios ya están abiertos. Pero su jornada realmente empieza un día antes. La tarde del martes compra los ingredientes de las tortas, todos ellos de buena calidad, dice. El miércoles se levanta a las cinco para conseguir el bolillo en la panadería Lecaroz, freír las milanesas y preparar todo, incluyendo el café.
Una vez lista primero entrega los encargos de sus clientes predilectos, los que desde ocho días antes le hacen especificaciones sobre la comida que desean. Con gran amabilidad y una gran sonrisa los saluda y les deja los alimentos. Subir y bajar las banquetas también es una danza graciosa, Lupita mueve su carrito de un lado a otro haciendo muecas de disgusto, una vez logrado su objetivo suelta una carcajada como sabiendo que su baile es realmente entretenido para quien la observa. Luego se mete al tianguis esquivando a la multitud y busca a aquellos que prefieren el café con leche en lugar del atole que venden los tamaleros.

